Muy seguramente usted será uno de los millones de colombianos que consumirán las 22.000 toneladas de carne de cerdo que se servirán en las mesas de los hogares de todo el país durante las fiestas de Navidad y fin de año.
Y probablemente en enero, después de degustar el jamón, el lomo ahumado, los perniles o la lechona, pensará que cometió un ‘pecado capital’ que le costará unos cuantos kilos de más.
Pero lo que usted y muchos colombianos desconocen es que el cerdo ya no es ese manjar peligroso que sólo se puede comer dos o tres veces por año. Por cuenta de los cambios profundos que se están dado en la industria porcícola nacional, el cerdo se metió de lleno en la onda de los alimentos ‘light’ y su carne ya no se puede considerar sinónimo de obesidad o enfermedad.
Esos cambios fueron gestados por los mismos criadores de cerdo, y se complementaron luego con una estricta reglamentación del Ministerio de Agricultura que busca acabar con la cría y comercialización informal que existió durante décadas en el país.
Así, los porcicultores que operan dentro de los canales formales crían a sus cerdos con estándares internacionales de calidad: los animales están siempre en locaciones amplias, libres de suciedad; cuentan con vigilancia permanente de un médico veterionario, y reciben una alimentación basada exclusivamente en concentrado y agua potable. En su corta vida, estos cerdos ni siquiera llegan a oler las sobras de comida con que eran alimentados sus antepasados.
Los resultados saltan a la vista. Hace quince años un cerdo podía tener en su carne una capa de 20 milímetros de grasa, pero hoy la proporción es de 12 milímetros, cifra que se considera como la línea límite para un porcino.
“Un menor contenido de grasa le haría perder el sabor característico a este tipo de carne”, indica Felipe Ayalde, propietario de la granja porcícola La Cruz, en El Cerrito.
Por Zulma Lucía Cuervo Plazas, reportera de El País
Bibliografia: http://historico.elpais.com.co/paisonline/notas/Diciembre232007/cerdo.html
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