El cerdo criollo representa menos del 1% de la población nacional de cerdos; aún falta conocer mucho de él en detalle: la calidad de su canal, la resistencia o tolerancia natural a enfermedades y parásitos, la respuesta a cruzamientos con razas mejoradas e híbridos comerciales y mucha información adicional que le dé un valor agregado a este producto.
Hasta muy avanzado el siglo XX, décadas del sesenta y setenta, el cerdo preferido era graso, robusto y de conformación redondeada, “como una bolita”, lo cual se consideraba signo de vitalidad.
En los últimos años, sin embargo, con el tabú del colesterol y el crecimiento de la población porcina escasa en grasa dorsal (light), además de las condiciones artificiales y extremadamente costosas de manejo, el cerdo criollo escasamente sobrevive y a la grasa le falta poco para ser considerada veneno.
Las poblaciones de cerdo criollo que maneja y administra la Corporación Colombiana de Investigación agropecuaria, CORPOICA, en convenio con el Instituto Colombiano Agropecuario, ICA y el Ministerio de Agricultura y
Desarrollo Rural, MADR, se conocen como Bancos de Germoplasma y son: el Zungo (o Costeño o Pelao) que se tiene en el Centro de Investigación (C. I.) Turipana, cerca de Montería, Córdoba, el Casco de Mula que se conserva en el C. I. La Libertad, en Villavicencio, Meta y el Sampedreño, en la Estación
Experimental (E. E.) El Nus, en San José del Nus, San Roque, Antioquia.
Estas poblaciones son apoyadas por el MADR porque reconoce el alto riesgo de extinción en que se encuentran y el amplio potencial de aprovechamiento futuro: en cruzamientos comerciales para sistemas tradicionales y en pastoreo, por la calidad e inocuidad de sus productos, en jamones y otros derivados con valor agregado, en investigaciones para xenotransplantes (entrega de órganos para seres humanos) y otras muchas aplicaciones.

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